viernes, 24 de abril de 2009

Nayarit, a sus quince años no conserva mucho de inocencia, de individualidad, de sentimiento... está cansada. Es una indígena bonita, en su tribu es una reina, llegó a la capital, exactamente el dia que los indígenas iniciaron una serie de manifestaciones presuntamente pacíficas, en contra del gobierno nacional, por las condiciones de vida a las que se han visto reducidos. Llegó caminando, sus pies tienen callos de tanto caminar, su mirada es triste, profunda, pese a su aparente alegría, rie porque los nervios asi se lo exigen, y sabe que tiene que ser seria, pero no para de reir, de exigir atención, quiere contarnos su historia. Está en mi oficina porque han dejado de atender sus necesidades, exigencias, pretensiones, nadie entiende que no es una necedad, es una necesidad contar su historia, para ella es importante que alguien le escuche y valore la experiencia que tiene, lo mucho que hay para contar, sobre la coca, "los guerreros" y los hombres. Tiene dos hijitos, una hermosa niña y un niño, desnutrido, con hambre, llora, su mugrienta carita solo trasluce un deseo inmenso de comer, ninguno entiende lo que hablamos, solo obedecen al dialecto de su madre. Nayarit insiste que siente dolor de cabeza, no toma medicinas, solo conoce de hiervas y no entiende por qué en esta ciudad las personas no curan sus enfermedades con hiervas, tiene en su mochila hoja de coca y mastica hasta el cansancio saliendo a escupir su baba espesa. "Dotora, quiero contarle, no se por qué estoy en este pueblo grande, me dijero que aste me iba a ayudal, no tengo donde dormil, el parque es frio y hay mucha gente alla, mi primo Rastemé quiere que lo caliente y yo no quiero, la monjita lo dijo que primero son los niños... achuchui hace mucho frio" Déjeme que le cuente...

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